Translate

16 nov. 2008

El bazar de las sorpresas

http://filmjournal.net/clydefro/files/2007/12/the-shop-around-the-corner-poster1.jpg
De que Lubistch fue un mago del humor, nadie tiene ninguna duda. De que la vida es un bazar de sorpresas, tampoco.

Me duelen las aletas de la nariz de sonarme los mocos ante mi clarividencia de que la felicidad y el dolor se pueden esconder a la vuelta de cualquier esquina. Y nadie sabe qué se va a encontrar detrás de cada una. Debes doblarla para averiguarlo. Lo contrario no sería vivir. Pin It

2 comentarios:

M dijo...

Marsopa, agrégame a la lista de blogs. Yo ya te he fichao.

Oldsen dijo...

¡Anda! Buscando textos sobre Lubitsch en la red y me encuentro con Leyre ("la amiga de Laura"). Probablemente ni te acuerdes de mí.

Dado que has dado el primer paso, publicar un comentario sobre la peli en tu blog, te voy a soltar un rollo sobre ella. Sucede que pocas veces tengo ocasión de charlar sobre esta película con un interlocutor interesado en el tema. Mala suerte.

El bazar de las sorpresas, fue una película realmente especial desde su misma génesis. Lubitsch tenía tanto renombre como estilista sofisticado (a veces cínico) en Hollywood que pocas de sus obras llegaron a manifestar su otra cara: un profundo optimismo respecto a la existencia humana.

Sin embargo, era cierto: Lubitsch amaba la existencia humana, aplaudía sin reparos su característica debilidad (a diferencia de un cineasta como Billy Wilder, que la cuestionaba constantemente). Por eso, un día decidió hacer una película donde sus personajes no serían sofisticados, autosuficientes e inteligentes como hasta entonces, sino sencillos, llanos y sobretodo débiles.

Para eso, echó mano de una desconocida obra húngara, como era habitual en él, la reescribió de arriba a abajo con la ayuda de su guionista habitual Samson Raphaelson (quien quizá tuvo influencia en este cambio en la obra de Lubitsch, como la tuvo en una progresiva orientación hacia un cine "de diálogos"). Luego hizo un trato con MGM para que se la financiaran a cambio de dirigir Ninotchka (que, a diferencia de ésta, no era un proyecto personal suyo, sino del estudio).

Lubitsch trabajó a toda velocidad (algo a lo que no estaba acostumbrado), y si uno se fija se percibe algún falso raccord que así lo delata. Pero en términos artísticos quedó satisfecho con el resultado y dijo que en ninguna otra película los personajes y situaciones "eran tan reales como en ésta."

Es una película en la que los actores americanos pretenden ser húngaros, cuando el idioma que hablan y su aspecto evidencia que no lo son. Sin embargo, la sensibilidad de la película es tan auténticamente europea que esto acaba por no tener importancia. Se trata de un extraño equilibrio entre la sensibilidad y el humor que nunca se ha vuelto a repetir en ninguna película que yo haya visto. Los personajes pueden resultar cómicos, pero nunca ridículos, frágiles pero nunca ñoños, sensibles pero nunca melosos. Hay una exaltación de la clase popular, de la ausencia de pretensiones, de la vida humana por sí misma, con sus pasiones y debilidades aceptadas sin más. Por eso el pecador imperdonable de la película, Vadas, es un hombre que intenta aparentar, se jacta de su ingenio, se sabe más listo que los que le rodean a los que desprecia por ello. Para Lubitsch esto es imperdonable, porque Vadas con esta actitud necia desaprovecha sin saberlo su oportunidad de vivir plenamente, "dejándose existir" sin pretender ser más que los demás.

La puesta en escena carece de esos artificios sofisticados, esos "toques Lubitsch" que tan célebres le hicieron (sólo recuerdo una excepción en un momento dramáticamente crucial: el intento de suicidio del Sr. Matuschek no es visto por el espectador, nos quedamos en la puerta). Sin embargo, la planificación y el movimiento de los personajes es tan decidido y perfecto que, aún siendo una película de diálogos, cada vez que la veo la disfruto más a nivel visual. Especialmente las escenas en la puerta de la tienda, donde cada personaje llega de un lado de la calle y la cámara los encuadra a todos dejando ver perfectamente todas las interacciones que se producen.

En esta escena hay un cierto regusto teatral, como también en aquella en la que Kralik y Pirovitch ven a Klara por la ventana del café (dicen que la ven: nunca se nos muestra el plano subjetivo de su punto de vista). Evidentemente esto no es una herencia del texto original, sino una curiosa elección estética, dado que ninguna de las dos escenas aparecen en él.

El impacto en su carrera de esta película fue tan fuerte que en casi todas las posteriores (sus obras de madurez) queda algo de este sentimiento. Y es posible que en obras anteriores ese sentimiento ya hubiera aparecido de manera esporádica: siempre me queda la duda de si la delicadísima sensibilidad romántica de The Student Prince (que sin duda te recomiendo) procedía de Lubitsch, de sus guionistas o del productor Irving G. Thalberg.

Debería hacerme un blog para vomitar todas mis pajas mentales, pero desgraciadamente soy demasiado vago. ¡Lo siento Leyre!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...